10/2/10

Matías Montero ¡¡ Presente !!

Matías Montero y Rodríguez de Trujillo nació en Madrid en 1913. Comenzó la carrera de Medicina en la Universidad Central de Madrid. Como muchos estudiantes de aquella época se afilió en un primer momento a la FUE (Federación Universitaria Escolar) madrileña.

Cuando en 1931 aparece el semanario “La conquista del Estado” fundado por Ramiro Ledesma Ramos, Matías escribe una carta de adhesión al periódico, casualmente un 9 de febrero, o sea, justo tres años antes de su muerte. En dicha misiva se podía leer lo siguiente:

“Sinceramente convencido de que su ideario viene para abrir un camino salvador en la actual confusión político social, envío desde luego mi adhesión y le ruego me envíe folletos que expliquen detalladamente lo que va a ser el partido. Yo soy estudiante de Medicina y tengo 17 años, pero me falta muy poco tiempo para cumplir dieciocho años”.

Al poco tiempo se convierte en miembro de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) y a finales de 1933, cuando ya tiene 20 años de vida, es uno de los primeros afiliados de Falange Española, destacándose como uno de los militantes más entusiastas de la causa falangista, lo que le lleva a escribir en la sección “Falanges Universitarias” del semanario “FE”.

Al abrigo de Falange Española surge en noviembre de 1933 una nueva organización estudiantil: el Sindicato Español Universitario (SEU), que encabezan varios jóvenes falangistas, como Manuel Valdés Larrañaga, Alejandro Allanegui, David Jato, Alejandro Salazar, a los que se suma Matías Montero. En la redacción de los primeros estatutos del Sindicato Español Universitario, les ayuda Julio Ruiz de Alda. Estos estatutos son injustamente rechazados por el Ministerio de la Gobernación el 10 de noviembre de 1933.

En la Universidad, los falangistas no están solos, ya que frente a ellos se encontraba la poderosa Federación Universitaria Escolar (FUE), que iba perdiendo la relevancia que tuvo en otros tiempos, ya que había dominado a la mayor parte del estudiantado, para convertirse en un reducto de las izquierdas, que pretendían imponerse al resto de los estudiantes. Para la FUE, el SEU representó un importante obstáculo.

Matías se dedicó al reclutamiento de nuevos militantes y también participó en la venta cotidiana del semanario “FE” por las calles madrileñas, actuando en ocasiones en tareas de protección a los voceadores.

Con motivo de la aparición del semanario “FE”, se desencadenó una tremenda ofensiva contra la publicación, negándose los quioscos públicos y los vendedores profesionales a su difusión, por lo cual tuvieron que realizar la venta los propios militantes del partido. Ahí tenían los rojos su ocasión semanal para organizar en las calles la persecución y violencia contra los falangistas.

La situación tanto de los dirigentes como de los afiliados era verdaderamente preocupante, al ser los destinatarios de esa violencia desatada por los rojos, sin que ellos pudiesen tomar medidas reparadoras y eficaces.

Estas feroces agresiones y atropellos contra Falange Española -con resultado en ocasiones de muerte- procedían del campo socialista, siendo incubadas y preparadas en sus Juventudes, que de este modo, diez meses antes de la tristemente famosa revolución de octubre, comenzaron a presumir de capacidad para la lucha armada. De todas formas no se podía achacar la intervención directa de las Juventudes socialistas como ejecutoras de esas brutalidades, ya que se limitaban a sostener una banda -cuyos componentes no eran generalmente miembros de ellas- sino gentes extremistas que percibían sueldo por sus intervenciones.

En el anochecer madrileño del viernes 9 de febrero de 1934, Matías tras participar en la venta del número 6 de “FE”, regresa a su domicilio, en la calle Marqués de Urquijo, 21 - 3º, en el barrio de Argüelles. Matías, que es huérfano, vive con sus hermanos y sus dos tías, Rafaela y Rosario, la primera oficinista y la segunda locutora de la Compañía Telefónica.

En la calle Quintana, a pocas manzanas de su hogar, se despide de Bonet, amigo suyo que le ha acompañado hasta allí. Matías, sigue en su recorrido por la calle Juan Álvarez de Mendizábal, donde le están esperando dos izquierdistas. Uno de ellos es Francisco Tello Tortajada, obrero afiliado al PSOE y a las Juventudes Socialistas e integrante de “Vindicación”, grupo comandado por Santiago Carrillo.

Matías Montero no tiene tiempo de ver a sus agresores, y de dos disparos a traición por la espalda, le alcanzan en el corazón, provocándole rápidamente la muerte al joven falangista. Su asesino aún se acercó a rematarle, ya en el suelo, con otros tres disparos en el vientre, tras lo cual huyó, dejando a Matías tendido en el suelo, rodeado de un charco de sangre.

Entre las ropas del cadáver de Matías, se escondía un artículo titulado “Las flechas de Isabel y Fernando”, que había escrito para la revista “FE”. En él trazaba las líneas para conseguir una “Universidad limpia de pasiones, bloque compacto de profesores y estudiantes, que marche entusiasta en pos de la cultura al servicio de la Patria”.

Por la tarde del 10 de febrero varios centenares de falangistas, y casi un millar de amigos y simpatizantes de Falange Española, acuden al entierro de Matías Montero, en el cementerio de la Sacramental de Santa María, en la ribera del Manzanares, en Madrid. Muchos falangistas van en formación marcial entonando al compañero caído la hermosa canción de procedencia germana titulada “Yo tenía un camarada”. Escoltando el féretro, en cortejo fúnebre desde la Plaza de la Alegría hasta el cementerio.

El sepelio se desarrolla con gran emoción, en silencio y sin gritos de odio o rencor. José Antonio Primo de Rivera, ante la tumba abierta que recoge los restos de Matías, pronuncia estas breves palabras:

«Aquí tenemos, ya en tierra, a uno de nuestros mejores camaradas. Nos da la lección magnífica de su silencio. Otros, cómodamente, nos aconsejarían desde sus casas ser más animosos, más combativos, más duros en las represalias. Es muy fácil aconsejar. Pero Matías Montero no aconsejó ni habló: se limitó a salir a la calle a cumplir con su deber, aun sabiendo que probablemente en la calle le aguardaba la muerte. Lo sabía porque se lo tenían anunciado. Poco antes de morir dijo: “Sé que estoy amenazado de muerte, pero no me importa si es para bien de España y de su causa”. No pasó mucho tiempo sin que una bala le diera cabalmente en el corazón, donde se acrisolaba su amor a España y su amor a la Falange»

“¡Hermano y camarada Matías Montero y Rodríguez de Trujillo! Gracias por tu ejemplo”.

“Que Dios te dé su eterno descanso y a nosotros nos niegue el descanso hasta que sepamos ganar para España la cosecha que siembra tu muerte”.

“Por última vez: Matías Montero y Rodríguez de Trujillo”.