18/1/10

Riguroso planteamiento de la política (Nota sobre José Antonio)



Alférez. Madrid, noviembre-diciembre de 1948 Año II, número 22

Quizá una de las ideas más fecundas y menos recordada de José Antonio es aquella de que si una política no es exigente en su planteamiento –es decir, rigurosa en lo intelectual– probablemente se reduce a un aleteo pesado sobre la superficie de lo mediocre. Esta idea ha tenido mala fortuna; no entró en el bombo de las frases propagandísticas y por ello no ha sido citada y recitada. Pero quizá a esto no se le pueda decir mala, sino buena fortuna. De este modo posee aún novedad y es susceptible de revisión y empleo.

¿En qué medida es necesario este riguroso planteamiento? Aún más: esperar en una política previamente delineada, con exigencia y rigor, ¿no será intentar poner puertas al campo? Fijadas quedan en estas dos preguntas dos posibles objeciones. Aún queda otra, ésta de los más papistas: toda política estará siempre afectada por cada circunstancia, como arte de lo posible que es. Vayamos por partes. Y empecemos por repetir que hay que seguir dándole vueltas a la idea de José Antonio. En la primera vuelta tropezaremos con la sencilla verdad de que «el planteamiento» es algo renovado ante cada problema. Luego no se trata de echar buena fama sobre el programa inicial y echarse a dormir. Por el contrario, hay que continuar con el rigor a cuestas para aplicarlo ante cada nueva situación. Y aplicarlo con claridad intelectual, sin confiar, bobaliconamente, en que donde debía haber exigencia y crítica con tal de que haya una buena voluntad o una probidad funcional ya está bien.

En la segunda vuelta uno cae en la cuenta de que la primera exigencia presente a la hora del planteamiento, de cada planteamiento, es que posea el hombre político conciencia de la altura histórica que han de alcanzar todas las acciones por él realizadas o promovidas. Cuando no se parte de unos supuestos claramente delineados y medidos con elevación se está en continuo peligro de caer en el pecado de la mediocridad, este tristísimo signo de nuestro tiempo.

Que el planteamiento tenga elevación. Que sea apto para arrastrar tras la bandera alzada a gentes entusiasmadas. Y que levante el dedo quien se haya sentido arrastrado por un buen plan de obras públicas o por un programa de reconstrucción material. Acordémonos de Ortega cuando exigía para la política una imaginación de magnas empresas en que todos los españoles se sintiesen con un quehacer, cuando hablaba de que el político tiene ante todo el irrenunciable deber de dibujar atractivos y animados horizontes al pueblo que dirige. El mismo Ortega dijo que una política que no contiene un proyecto de grandes realizaciones históricas queda reducida a la cuestión formal de gobernar en el sentido menor del vocablo, limitada a la cuestión de ejercer el Poder público.

Y aquí venimos a parar en otra esquina interesante: un riguroso planteamiento que contenga proyectos de grandes realizaciones históricas debe cuidar detenidamente las metas que señala. Y que ni se quede corto y no ilusione por lo aburrido de su ambición, ni sea ésta tan larga e imprecisa que aleje a todo aquél que no sea pura y simplemente un soñador profesional. No se olvide tampoco que a toda meta se llega tras recorrer con tesón y «en forma» el camino, que separa los puntos de salida y llegada. Bien están las tareas amplias, ambiciosas, definitivas. Pero que a su lado se fijen los mojones por donde ha de hacerse el recorrido. Mucha desilusión sería evitada si se dijese claro que no hay imposibles Gibraltares, sino que para hacerlas posible es necesario ir conquistando las pequeñas y despreciadas Gibraltares de cada día.

Pero, ¡cuidado! Más vale pasarse de más que de menos. Si no se fija una tarea de creación histórica, la política eliminará –y esto vuelve a ser de Ortega– a todo aquel que no sea un ambicioso. Claro que siempre los moscones ambiciosos estarán en torno al pastel de miel de la Política. Pero lo importante es que la política atraiga también a gentes que no sean ambiciosas o que no lo sean excesivamente. Aquel buen hombre de gobierno que fue don Antonio Maura decía un día que aún no se había hecho el ensayo de llamar a los indiferentes, a los neutros en política, de llamarlos con obras vibrantes para despertarlos y conmoverlos, para arrancarlos de su inacción y su egoísmo, para traerlos por fuerza a la vida pública.

De esto se trata: de enriquecer la vida política con hombres que no sean profesionales de la política. Porque resulta que sí hay hombres, aunque se repita con insistencia de tontos, «que no hay hombres». Hombres sí que los hay, y buena prueba de ello son esas empresas industriales cada día mejor organizadas y más poderosas, y a cuya cabeza figuran hombres que se han lanzado al trabajo con decidida entrega. Hombres hay con vocación de crear, de producir ciencia, cultura, industria, arte. Hombres excelentes profesionales, conocedores de nuestras realidades, pero que mirarán siempre con recelo toda incorporación a una aventura donde lo importante sea no la realidad creadora, sino la ficción de que se crea. Y volvemos a insistir, la fecundidad de toda política dependerá de la porción de hombres auténticamente creadores y entregados que sepa enrolar en su servicio.

Y ya casi nada más. Quizá recordar que aquello de «la poesía que promete» también tenía que ver con la exigencia de todo planteamiento político: Demos aliento poético a cada proyecto, acto y realización tramada en común. Que lo importante es que los que vayan tras las banderas vayan animados, encendidos. Que no hay gran política que no se apoye en el alumbramiento de una gran fe.

Ángel-Antonio Lago Carballo.